El caso de César Vallejo, realmente, es único, sobresaliente y trascendental, porque  es el escritor que mayor espacio dedica a la figura materna.
El caso de César Vallejo, realmente, es único, sobresaliente y trascendental, porque es el escritor que mayor espacio dedica a la figura materna.

La figura de la madre no tiene una presencia predominante como tema de creación en la obra de nuestros principales narradores. En la , la presencia materna es más visible.

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NARRACIÓN VALLEJIANA

El caso de César Vallejo, realmente, es único, sobresaliente y trascendental, porque  es el escritor que mayor espacio dedica a la figura materna.

Entonces, lo encontramos, por ejemplo, en “Paco Yunque”, en el que no aparece la figura del padre, sino, con carácter principal y primordial, la madre, preocupada por la educación de su hijo, muy vilipendiado por el hijo de la autoridad política, tratado con indiferencia por el maestro e ignorado por el propio director de la escuela.

“Alféizar” es un relato autobiográfico ambientado en la prisión, donde el autor recuerda con dolorida nostalgia los años de su niñez serrana entre sus seres queridos, especialmente la madre comprensiva de los deslices y travesura de los hijos. Entonces la madre aparece como  la única capaz de comprender, consentir y perdonar las travesuras de los hijos, especialmente de César, el menor de todos: “Pobrecito mi hijo. Algún día acaso no tendrá a quien hurtarle  azúcar, cuando él sea grande y haya muerto su madre.”

Después, nuevamente el relato retoma el ambiente carcelario, vasto, vacío e irremediable, traspasado de privaciones y ausente de afectos; de manera que el único consuelo es la añoranza de la madre: bálsamo de pesares, adherido a la fe religiosa de Cristo: “Y acababa el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas”.

EN “FABLA SALVAJE”

Aquí se refiere el torturante proceso síquico de los celos experimentados por un joven esposo ante la supuesta infidelidad de su esposa,  campesina como él, a quien, sin embargo, no le comunica sus sospechas y preocupaciones, de manera que vive una serie de experiencias desconcertantes que caben en los linderos del realismo mágico, hasta que, finalmente, después de una serie de presagios y alucinaciones, enredado en la trama de sus celos enfermizos, aislado y solitario, cierto día “Sentóse aún más al borde del elevado risco. El cielo quedó limpio y puro hasta las últimos confines. De súbito, alguien rozó por la espalda a Balta, hizo este un brusco movimiento pavorido, hacia delante y su caída fue instantánea, horrorosa, espeluznante, hacia el abismo”.

Como compensación ante tan trágico final, la esposa dio a luz esa mañana, de manera que el sentimiento maternal otra vez se plasma en la creación del escritor.

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LOS HERALDOS NEGROS

La opción del poeta por la madre es una característica primordial y permanente en su  creación. Así lo apreciamos en varios poemas de “Los heraldos negros”; por ejemplo en “A mi hermano Miguel”, al que pertenecen estas líneas: “Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,/ donde nos haces una falta sin fondo!/ Me acuerdo que jugábamos esta hora y que mamá /nos acariciaba: “Pero, hijos…”.

Asimismo, en el intenso poema “Encaje de fiebre” se recrea la imagen austera del padre en el declinar de la vida, y como trasfondo, la delicada figura materna.

EN “TRILCE”

Pero la mayor y más intensa presencia de la madre se encuentra en varios poemas de  “Trilce”. Por ejemplo, el poema III, movilizando el pasado de los recuerdos, otorga forma y consistencia al presente, traspasado de desolación atenuada de cierta manera por el juego, pero con la clara conciencia de una partida irrefrenable y definitiva de la madre. El poema empieza así: “Las personas mayores / ¿A qué hora volverán?/ Da las seis el ciego Santiago,/ y ya está muy oscuro. // Madre dijo que no demoraría”.

En el poema XXIII encontramos la plena identificación del hijo con la madre, fusionados en el símbolo del pan: “Tahona estuosa de estos mis bizcochos / pura yema infantil innumerable, madre”.

Después, el mismo poema incide en la ausencia de la madre y la representación del alimento espiritual.

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Enseguida, como una constante vértebra, el enfrentamiento al mundo indolente, al que hay que pagar la osadía de vivir aquí y al que los niños no pueden comprender, aunque sus espíritus quedan marcados para toda la vida. Entonces los niños, aunque pequeños y débiles, intuyen los problemas que acosan a los mayores, por lo que se enfatiza en la compenetración entre los niños y la madre: “Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros pequeños entonces, como tú verías, no se lo podíamos haber arrebatado/ a nadie, cuando tú nos lo diste,/ ¿di, mamá?”

Pero la madre no es solo la progenitora, sino también cómplice entrañable de los excesos y faltas cotidianas en que incurren los hijos durante su niñez. Así lo expresa el poema LII: “Y nos levantaremos cuando se nos dé/ la gana, aunque mamá toda claror/ nos despierte con su cantora / y linda cólera materna”.

Asimismo, la ternura, el amor filial, la añoranza del lar nativo, la concentración lírica, nos muestra el poema LXV, construido en base a la visión retrospectiva de los primeros años de la vida, cuando el hijo que ya no vive en el pueblo, sino como migrante, se dirige a la madre para comunicarle que volverá al hogar en busca de su bendición: “Madre, me voy mañana a Santiago,/ a mojarme en tu bendición y en tu llanto”.

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“POEMAS EN PROSA”

El tema de la madre también aparece en dos de los primeros textos de “Poemas en Prosa”; en ambos, la presencia materna no es marginal o secundaria, sino central y principal: “El buen sentido” y “Lánguidamente su licor”.