Huerto escolar en el distrito de Cayma. Foto: difusión.
Huerto escolar en el distrito de Cayma. Foto: difusión.

El patio en el colegio John G. Lake, en Cayma, tiene ahora un rincón distinto. Ya no es solo un espacio vacío ni un terreno sin uso, sino un huerto donde los estudiantes han comenzado a sembrar vida. Lo llaman “Huerto de Getsemaní: Sembrando vida y cuidando el agua”, y es mucho más que una actividad escolar: es un compromiso con la naturaleza y con el futuro.

La iniciativa fue impulsada por la directora Maribel Ovalle Quispe y el promotor Pastor Daniel Santos con el apoyo constante de docentes y padres de familia. La profesora Rocío Cosío, participante activa del proyecto, recuerda que la idea nació en mayo como una propuesta educativa que debía ir más allá de los libros. “Queríamos que los niños aprendieran que cuidar el agua y la tierra es una responsabilidad diaria”, explicó.

PROCESO

La puesta en marcha no fue sencilla. Hubo que organizar a los estudiantes, conseguir materiales y planificar las jornadas de trabajo. El respaldo de la empresa Cerro Verde, que donó las plantas, fue clave para concretar la propuesta. Aun así, la verdadera fuerza del proyecto provino de los propios alumnos, que asumieron el huerto como suyo.

En un área de 80 metros cuadrados, los escolares instalaron un sistema de riego por goteo con mangueras y materiales reciclados. Este mecanismo lleva pequeñas cantidades de agua directamente a las raíces, reduciendo hasta en un 50% el consumo frente al riego tradicional. De esa forma, los niños aprendieron que incluso una gota bien administrada puede marcar la diferencia.

El huerto no es solo un espacio verde, sino un aula viva. Allí crecen siete tumbos, 32 rocotos, 24 aguaymantos, cuatro huaranguai y unas 300 flores de rocío, cada uno con un significado especial. Los estudiantes descubren que los alimentos nacen de la tierra y que el respeto por el medioambiente se cultiva con las manos.

La inauguración se vivió como una fiesta el pasado martes 26 de agosto. Sin largos discursos ni protocolos, los niños sembraron las plantas convirtiendo la jornada en una experiencia compartida. Esa primera siembra simbolizó que el cuidado ambiental no es un concepto abstracto, sino un trabajo que se hace en conjunto.

AULA

Hoy, cada grupo de alumnos se encarga de una parte del huerto. Algunos riegan, otros quitan malezas y otros simplemente observan cómo brotan las primeras hojas verdes. Más allá de la tarea escolar, sienten orgullo por lo que están construyendo: un espacio que les pertenece y que refleja el esfuerzo colectivo.

La profesora Cosío sostiene que lo más valioso del proyecto es que enseña constancia. “Un huerto no se mantiene con una sola jornada, necesita cuidado todos los días. Y eso es lo que queremos transmitir: la responsabilidad de hacer sostenible lo que iniciamos”, dijo.

Padres, docentes y directivos coinciden en que el huerto se convertirá en un símbolo de lo que la educación puede lograr cuando se orienta hacia la vida y el medioambiente. No es un espacio decorativo, sino una herramienta para formar ciudadanos más responsables.

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