Hay pueblos que, aunque poco conocidos por la distancia, guardan en su silencio una riqueza profunda. Uno de ellos es Laria, un distrito de Huancavelica que conserva con orgullo su historia, sus tradiciones y sus paisajes únicos.
Sus orígenes se remontan a la cultura Hanan Anccara, de raíces étnicas Asto, y como muchos pueblos del cono norte de Huancavelica, estuvo bajo el dominio del mítico Jatun Kuraka Apu Laywi. Aún se conservan huellas de esa época en lugares como el centro arqueológico de Pirwayoq, estudiado de cerca por el Lic. Edilberto Mendoza Barra, autor de tres libros sobre la historia de Laria y sus ancestros.
El origen del nombre “Laria” también tiene una historia contada de boca en boca. Dámaso Pariona Ordóñez, poblador del lugar, recuerda: “Este lugar era un desierto. Los primeros que llegaron fueron los Huarcaya, estancieros de llamas y alpacas. Al principio se llamó Caychapi, por una laguna pequeña donde crecía una planta andina llamada lerio. Con el tiempo, el nombre cambió a Lirio Pampa, y más adelante se consolidó como Laria”.

Hoy, Laria es un pueblo tranquilo con una plaza principal rodeada de calles asfaltadas que reflejan cierto avance hacia la modernidad. Sus habitantes se dedican, en su mayoría, a la ganadería y a la agricultura familiar, produciendo una gran variedad de papas nativas, habas, quinua y otros cultivos. Por ello, ha sido reconocida como una zona de agrobiodiversidad del Perú.
Y, como en muchas comunidades altoandinas, la migración ha dejado su huella. “En los últimos años, muchos han tenido que irse por falta de oportunidades. Lo notamos sobre todo en nuestras escuelas: los estudiantes han disminuido drásticamente”, cuenta Simón Hilario.

A pesar del olvido, la riqueza turística de Laria es sorprendente. El distrito cuenta con siete maravillas naturales y culturales como el Callejón de Huallón Urqo (conocido como Kichki), la catarata Huarmi Puquio, laguna de Chaqllacocha, Intihuatana, Pirwayoq, el Museo Mendoza y la formación rocosa conocida como la Bella Durmiente en el cerro Condoraq.
También existe una montaña donde los visitantes pueden pallaquear o recoger pequeñas piedras que contienen vetas de oro natural, impregnado en bloques rocosos a lo largo de la ladera.
Pero no todo es alegría. La falta de promoción turística es una preocupación constante entre sus pobladores. “A nuestras autoridades locales poco les interesa el turismo. Laria tiene muchísimo potencial, lo que falta es visibilizarlo y crear rutas para atraer visitantes. Estoy seguro de que quienes vengan quedarían encantados”, nos dice con pena don Bernabé Pariona.
Cada año, del 26 al 30 de julio, Laria celebra con entusiasmo la Proclamación de la Independencia. Durante esos días, se realiza un campeonato de fútbol y vóley interinstitucional, con la participación de los residentes que retornan desde diferentes partes del país. Uno de los momentos más importantes es el pagapu a Tayta Santis, conocido como el Acuchicoq, en la que el pueblo agradece a las montañas. La fiesta incluye música, danzas, juegos, presentaciones artísticas, quema de castillones y el encuentro de familias enteras que se reúnen en esta gran festividad.
Laria no es solo un pueblo, es un refugio donde historia, fe y tierra siguen vivas. Aunque muchos se vayan, sus raíces esperan a quienes buscan el corazón de Los Andes. Por eso, Edilberto Mendoza invita a los turistas a conocer Laria y vivirlo de cerca.