¿Para qué estudiar inglés si la tecnología traduce al instante? ¿Qué relación tienen matemáticas y literatura? Estas preguntas, planteadas a maestros en un taller, generaron incomodidad y silencio. De pronto, uno que otro empezó a ensayar respuestas, como que la traducción automática de un idioma no siempre es precisa ni captura los matices culturales, no puede transmitir la emoción detrás de una expresión idiomática, ejercita tu cerebro y memoria, enseña a pensar de manera diferente, mantiene la conexión humana, y te defiende cuando no tienes dispositivos disponibles…
Sobre la relación entre matemáticas y literatura, decían que son dos lenguajes que exploran y dan sentido al mundo, que ambas requieren creatividad, y que nos enseñan que el mundo no se divide entre números y palabras, sino que es un todo interconectado. Incluso mencionaron que la relación es neurológica, aunque invisible a la lógica, entre otras ideas.
Pero el aprendizaje no está en la respuesta correcta, que quizá no exista, sino en el esfuerzo por pensar algo nuevo, luchar por darle sentido y formular una respuesta. Esto es más valioso que obtener una respuesta de una inteligencia artificial.
Padres y educadores deben entender que la buena educación no se mide por resultados, sino por el proceso. Los sistemas de evaluación, centrados en resultados, hacen perder de vista lo esencial: el desarrollo del intelecto, la capacidad de transferir conocimientos a situaciones nuevas, y el razonamiento crítico y creativo. Esto es lo que prepara para resolver problemas inesperados, los más desafiantes en cualquier ámbito de la vida.