La costa peruana, donde vive el 70% de la población, cuenta con solo el 2% del suministro de agua del país. Esta paradójica distribución se agrava con prácticas urbanísticas inadecuadas y una creciente demanda de agua. En Lima, por ejemplo, la huella hídrica per cápita supera los 2,700 litros diarios, mientras que, según la Autoridad Nacional del Agua, más de 7 millones de peruanos carecen de acceso seguro a este recurso.

Más que un problema de escasez, enfrentamos una volatilidad hídrica que alterna entre sequías extremas y lluvias torrenciales que generan huaicos y desbordes. En este contexto, la arquitectura y el urbanismo son herramientas clave para mejorar la gestión del agua y construir ciudades más resilientes.

El futuro de nuestras ciudades depende de implementar infraestructura verde que permita gestionar eficientemente los recursos hídricos. Además, la arquitectura vernácula peruana también ofrece invaluables lecciones sobre adaptación territorial que debemos recuperar e integrar con tecnologías contemporáneas.

En Cusco, la rehabilitación de andenes preincaicos ha optimizado el uso del agua en 15 comunidades, reduciendo el consumo en 40 %, mientras aumenta la productividad. Estos sistemas ancestrales reflejan una comprensión del ciclo hidrológico que arquitectos y urbanistas deben aplicar en zonas vulnerables al estrés hídrico.

Los espacios públicos deben convertirse en infraestructuras que capturen, filtren y redistribuyan el agua de lluvia. Parques inundables, jardines de lluvia y pavimentos permeables pueden prevenir inundaciones y recargar acuíferos. Ciudades como Arequipa podrían aprovechar estos sistemas para convertir la estacionalidad de sus precipitaciones en una oportunidad para la resiliencia urbana.

Diseñar con conciencia del agua no es un lujo, sino una necesidad urgente. La arquitectura debe integrarse en planes urbanos sostenibles, donde cada gota se reutilice y valore para garantizar un futuro más resiliente.