La harina de pescado es una fuente concentrada de proteínas y nutrientes esenciales para la acuicultura, actividad clave para alimentar a una población mundial creciente. La FAO reconoce su alto valor nutricional y digestibilidad. Sin embargo, algunos discursos cuestionan su uso sin evaluar integralmente las consecuencias de sustituirla.

En la reciente conferencia de IFFO en Buenos Aires, Duncan Leadbitter, especialista de Fish Matter, presentó cifras reveladoras: reemplazar el pescado utilizado en las dietas de la acuicultura requeriría más de 47,000 km² adicionales de tierras agrícolas, principalmente en bosques tropicales; argumento que también ha sido validado por el destacado científico estadounidense Ray Hilborn, de la Universidad de Washington.

El mensaje es contundente, con argumentos técnicos y no ideológicos: sustituir proteínas marinas por vegetales no garantiza una mayor sostenibilidad. El impacto ambiental no desaparece; puede trasladarse del mar a los ecosistemas terrestres, con consecuencias para la biodiversidad.

La discusión debe partir de la ciencia y no de prejuicios contra la actividad productiva. La harina de pescado permite aprovechar recursos marinos bajo sistemas de ordenamiento pesquero y aporta nutrientes de alto valor a las cadenas alimentarias globales.

El reto es seguir fortaleciendo esa gestión y aprovechar responsablemente nuestros recursos con el compromiso de las empresas en mejorar sus procesos, fortalecer la investigación científica y asegurar el cumplimiento de las normas en todo el proceso. Porque alimentar al mundo de manera sostenible exige evaluar todas las alternativas y sus impactos, no condenar una de ellas por su origen.

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