En seis días Keiko Fujimori se convertirá en la primera mujer presidente de la República electa en las urnas.
Lo curioso es que pese a que recién ese día inicia su gestión, dicen que ya persigue, atormenta, socava, humilla y ejerce, con prepotencia, su poder.
Una narrativa agria y visceral se expande en cierta prensa que tiene el odio fermentando más de dos décadas en sus hígados agobiados.
Los protagonistas de este relato son los dueños absolutos de la solvencia moral del país, de la decencia incólume, del periodismo objetivo y veraz que se ubica en la vereda inobjetable de la transparencia y la honradez.
No hay nadie más que ellos para juzgar, señalar, apuntar, enjuiciar, sentenciar.
Se entrevistan entre ellos, se dan la razón entre ellos, consolidan sus convicciones y las afianzan en diálogos que exudan virtuosismo y sapiencia, y en la que no escatiman esfuerzos para ganar la ardua y azarosa competencia del más anti.
Tienen además un mapa mental sobre la sociedad, la política, la prensa y el Estado sobre el que posan su mira telescópica desde donde disparan sin contemplaciones al objetivo de su descrédito.
Todos los conocen y no necesito ni nombrarlos.
Ellos mismos saben quiénes son y saben, además, que su deseo más íntimo y furibundo es que al gobierno de Keiko le vaya mal. Eso les permitiría, en cinco años, decir que tuvieron razón y podrían bañarse, extasiados, en la espuma de su egolatría.
Ellos dicen que lo hacen por el Perú, pero son los mismos que votaron porque Sendero, el Movadef, el Conare y el Fenatep se camuflaran en el Estado a través de Roberto Sánchez, que le abrieron la puerta al neochavismo y no les importó trazar una x o un + sobre la subrepticia imagen de Antauro en la cédula.




