En política, cambiar el discurso en plena campaña no necesariamente significa cambiar de ideas. Muchas veces solo implica cambiar de “sombrero”. Y eso es, precisamente, lo que parece estar ocurriendo con el candidato Roberto Sánchez en esta recta final rumbo a la segunda vuelta electoral. Durante la campaña previa a la primera vuelta, Sánchez planteaba abiertamente la revisión de contratos-ley, cuestionaba la autonomía del Banco Central de Reserva, criticaba agriamente a su presidente y proponía una mayor participación del Estado en la economía. Su discurso era antisistema, confrontacional y cargado de desconfianza hacia el modelo económico que permitió al Perú crecer durante décadas.

Hoy, el tono parece distinto. Sánchez asegura que respetará la independencia del BCR y evita referencias directas a medidas polémicas como cambios en su dirección. Lo que antes decía de manera agresiva, ahora lo presenta bajo fórmulas más suaves como “evaluación de acuerdos”, “revisión de procesos” o renegociación “consensuada”. En otras palabras, le ha puesto edulcorante a un discurso que antes estaba bien amargo.Pero el problema no es solamente Sánchez. Dentro de Juntos por el Perú varios dirigentes, candidatos al Congreso y voceros de su entorno, han defendido durante meses propuestas claramente estatistas. Eso alimenta la percepción de que este “viraje” súbito,con nuevos voceros prestados a último minuto, responde más a una estrategia electoral que a un verdadero cambio de convicciones.Y allí aparece inevitablemente el recuerdo de Pedro Castillo: En 2021 también moderó justamente su discurso de segunda vuelta. También habló de respeto institucional, estabilidad económica y tranquilidad para los mercados. Muchos quisieron creer que se trataba de pragmatismo político, pero una vez en el poder, el país terminó atrapado en el caos, la improvisación y el deterioro institucional más grave de las últimas décadas.

Hoy, Sánchez parece recorrer el mismo camino: cambia el tono, pero no el fondo. Se quita el sombrero radical para ponerse el del moderado, aunque el proyecto político sigue siendo esencialmente el mismo. Y ese es el verdadero peligro. En pleno siglo XXI, cuando el mundo compite por atraer inversión privada, tecnología y empleo, insistir en recetas populistas y estatistas resulta no solo anacrónico, sino profundamente irresponsable. ¡Cambiar las palabras no cambia las intenciones!

Al final, entre Castillo y Sánchez no parece haber dos proyectos distintos, sino dos versiones del mismo libreto, dos sombreros distintos cubriendo una misma visión lúgubre para el futuro del Perú.