El sistema educativo actual vive una contradicción insostenible. Por un lado, promueve discursos sobre creatividad, pensamiento crítico y autonomía; por otro, aplica métodos rígidos que premian la conformidad, castigan la divergencia y evalúa con exámenes estandarizados, ignorando la diversidad de estilos de aprendizaje y la originalidad.

Se fomenta el trabajo en equipo, pero se prioriza la competencia individual. Se habla de habilidades blandas, comunicación y colaboración, pero se priorizan logros  académicos tradicionales. Se reconoce la diversidad, pero con una enseñanza homogénea. Se promete la co-construcción del aprendizaje, pero se mantiene un sistema jerárquico donde no se escucha la voz del estudiante.

Desde edades tempranas, se entrena a los estudiantes para buscar respuestas únicas y evitar el error, limitando su capacidad creativa. Los niños, inicialmente curiosos, se convierten en adolescentes temerosos de expresar ideas originales. Este modelo no solo ahoga la innovación, sino que perpetúa un sistema que exige pensamiento libre mientras castiga cualquier intento de salirse del molde.

Transformar este modelo no requiere grandes inversiones, sino coraje para admitir sus fallas. Urge reformular métodos de enseñanza y evaluación, permitir que los estudiantes exploren el conocimiento desde múltiples perspectivas y aceptar que el aprendizaje no es lineal ni uniforme. Sin cambios estructurales, el sistema seguirá atrapado en una contradicción que, lejos de cultivar la creatividad, la sofoca. Es hora de actuar porque el futuro de los estudiantes depende de ello.

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