Mi maestro Rafael Domingo acaba de publicar un libro titulado: “El perdón. Una sabiduría silenciosa”, señalando que el perdón es un acto heroico y cotidiano, una forma honda y silenciosa de justicia, acaso un motor de cambio real en el mundo. Así, el perdón se presenta como una de las grandes claves de la condición humana, el corazón secreto de la justicia. Domingo amplía la vieja fórmula jurídica de “dar a cada uno lo suyo” cristianizando su esencia: “dar a cada uno su perdón”.

El libro es el fruto de una larga conversación con un amigo escéptico tamizada del pensamiento de filósofos, místicos y políticos como San Agustín y Hannah Arendt, Jean Améry y Edith Stein, Thich Nhat Hanh, Willy Brandt y Óscar Romero. El respeto, condición necesaria para el perdón, se presenta como una columna de la convivencia social. Ciertamente, existe una sabiduría silenciosa que parte de una convicción profunda, incomprensible si no es desde la plenitud del cristianismo: el rencor destruye el alma de los pueblos. Pienso, por supuesto, en el Perú. En el odio promovido desde hace décadas desde las ideologías disolventes que buscaron aniquilar cualquier tipo de consenso que no partiera del marxismo. Pienso, también, en el sectarismo cainita de las facciones minúsculas que se oponen a la construcción de mayorías capaces de dotarnos de políticas públicas de largo aliento. Con todo, el perdón es básico para darle firmeza a los cambios realistas, a toda reforma anclada en lo posible.

Necesitamos perdonarnos mutuamente, buscar la unidad por encima de las barreras artificiales que hemos construido durante años de guerra civil política. Una política del perdón nos prepara para conformar grandes coaliciones eficientes que resuelvan los problemas del pueblo, no las ambiciones del bando perdedor.

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