La despolarización del país no pasa por la liberación de Pedro Castillo. No pasa por la salida de un golpista y de hacernos los tercios con su proyecto totalitario, sus ínfulas de poder y su objetivo de coactar todas las instituciones del Estado.
Por eso es un grave error la propuesta de Jorge Nieto, que es funcional a lo que radicales, extremistas, prosenderistas y promotores de la anarquía anhelan.
Sería más que peligroso hacerles el juego a depredadores de la democracia como Aníbal Torres, Walter Ayala, Wilfredo Robles, Raúl Noblecilla, César Tito Rojas o Lucio Ccallo Ccallata, entre otros.
Tampoco, por supuesto, se debe echar una alfombra roja para que se deslice sin fricciones la mecha incendiaria que Roberto Sánchez busca prender en el país con el promotor del Conare-Sutep lejos de Barbadillo.
La despolarización del país tiene otra ruta señor Nieto, presidenta electa. Pasa por la presencia del Estado en los sectores con mayores niveles de pobreza y dotar a esas regiones con infraestructura que las conecte a economías más potentes alrededor de sus propias jurisdicciones o con Lima.
La despolarización del país requiere de una reingeniería de los programas sociales para que no se pierdan en la nebulosa de la burocracia y la corrupción, y pueda llegar, con contundencia, a esa pobreza extrema dispersa, exangüe y que flota en el milagro de la supervivencia.
La despolarización del país tiene muchas rutas, aristas, enfoques, pero en ningún caso debe y puede considerarse la indignidad de abrirle las puertas al delincuente de Sarratea, al farsante de Chota, al dictador de papel. Eso no es despolarizar, eso es alentar la impunidad y convertir el perdón en una grosería.




