Lo que hoy ocurre en Bolivia no es producto de la casualidad ni de una crisis espontánea. Es la consecuencia de años de populismo, gasto descontrolado y concentración de poder bajo el liderazgo de Evo Morales. Durante los primeros años de su gobierno, el país disfrutó de una coyuntura económica extraordinaria gracias al auge de las materias primas y a los altos ingresos provenientes del gas. Bolivia tenía recursos, crecimiento y estabilidad macroeconómica. Pero en lugar de aprovechar esa bonanza para fortalecer instituciones y construir una economía sostenible, el régimen optó por expandir el gasto público y alimentar una maquinaria política basada en subsidios, clientelismo y dependencia estatal.

El colapso no solo era previsible, sino inevitable. Y gran parte de la responsabilidad recae en el propio Evo Morales, quien hoy enfrenta una orden de captura y busca sostener su influencia movilizando a sectores vulnerables y profundamente ideologizados que han tomado las calles desde hace semanas en defensa de su figura.

El Perú debería observar con atención lo que sucede en Bolivia y aprender de esa experiencia antes de repetir errores similares. Resulta preocupante que Roberto Sánchez haya mostrado coincidencias políticas e ideológicas con Evo Morales y con el modelo que hoy tiene al vecino país atrapado en una profunda crisis institucional y económica. Los peruanos ya vivimos años de inestabilidad y confrontación política; por ello, el desafío actual no es apostar por aventuras populistas ni discursos radicales, sino defender la democracia, la estabilidad económica y la institucionalidad que tanto costó construir.