Martín Vizcarra debería ser hoy el cuarto expresidente peruano en recibir una sentencia. Si como lo ha dicho, se presenta a la audiencia y acepta el mandato imperativo de la justicia, el “Lagarto” deberá ser recluido de inmediato. Que se espere una confirmación del fallo en una segunda instancia sería un riesgo innecesario que la Sala debe evitar.

Nadie crea que Vizcarra es un ser respetuoso de la justicia y que su conducta de asistir, aceptar el veredicto y trasladarse a Barbadillo es una muestra de integridad o respeto a las instituciones. La verdad es que no ha podido lograr un asilo y una fuga le hubiese traído más problemas que soluciones, por eso ha apostado todas sus fichas al Plan B.

El Plan de B de Vizcarra es evidentemente electoral. Su sometimiento a una reclusión es parte del esquema de victimización orientado a impulsar el voto de su hermano, Mario Vizcarra, de quien cree que puede ganar la presidencia y, una vez allí, le puede otorgar el indulto.

No es un plan descabellado y suma a la idea de que el “Lagarto” es un farsante que se sabe corrupto pero que antepone su incuestionable miseria moral al servicio de sus ambiciones. Así, el sacrificio de estar preso le da ese plus que necesita para presentarse como un perseguido político y cuestionar el fallo atribuyéndolo a los enemigos que supuestamente combatió.

En suma, Vizcarra necesita ser condenado para potenciar su campaña pero hay que decir que todos los que voten por su hermano, serán compinches de este plan grotesco. Cada voto por el partido de este personaje ruin representará la desfachatez de un ciudadano –joven o no– al que no le interesa la decencia en la gestión pública, y mucho menos la moral. Después, no se quejen.