El “síndrome del impostor” se refiere a un patrón psicológico que se caracteriza por una profunda duda sobre los propios logros y un miedo constante a ser descubierto como un “fraude”, a pesar de la evidencia de competencia y éxito. Las personas afectadas suelen creer que sus logros se deben a la suerte o a factores externos, pero no a sus propias cualidades y están convencidas que no merecen el reconocimiento que reciben. La expresión fue utilizada por primera vez en 1978 por las psicólogas norteamericanas Pauline Clance y Suzanne Imes, quienes descubrieron este fenómeno, principalmente en mujeres profesionales de alto rendimiento. Según una de Access Commercial Finance a más de 3 mil adultos en Reino Unido, 66% de mujeres dijeron haber experimentado el síndrome del impostor versus un 56% de varones.
De hecho, también las autoras Elisabeth Cadoche y Anne de Montarlot, en su libro “El síndrome de la impostora “, explican que este fenómeno psicológico aumenta y persiste cuantos más logros alcanza la persona y se alimenta de continuos pensamientos negativos acerca de estos grandes logros. En este sentido, hay que tener presente que nuestros pensamientos son muy poderosos. La actitud con la que enfrentamos al mundo tiene el poder de moldear nuestra realidad, tanto de manera positiva como negativa. Si a menudo tu voz interior es negativa, comienza a modificarla en la medida de lo posible. Esta técnica no dará resultados inmediatos, pero con el tiempo, te ayudará a abordar situaciones de una manera más positiva y prevenir el síndrome del impostor. Si alguna vez sentiste que no pertenecías a un lugar o que incluso no merecías tu trabajo, debes saber que no eres el único y no estás solo.
El síndrome del impostor es un problema real que puede afectar la vida profesional y personal de miles de personas. Afortunadamente, existen estrategias para afrontarlo y desarrollar una mayor confianza en las propias capacidades. Finalmente, debemos entender que el dominio de nuestros propios pensamientos es el inicio de la cura; ya decía el Premio Nobel de Literatura Bertrand Rusell en 1950, que el problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas.