Mientras los afrontamos el desabastecimiento local de gas, el alza internacional del petróleo y el repunte del dólar, el Gobierno se alista para enfrentar no solo esta tormenta económica, sino también el voto de confianza al Gabinete encabezado por Denisse Miralles.

El escenario es complejo y no admite maquillajes. Los especialistas coinciden en que marzo traerá un impacto inevitable en el costo de vida. La inflación —ese enemigo silencioso que erosiona el poder adquisitivo sin hacer ruido— amenaza con golpear con mayor fuerza a las familias que ya viven al límite. Cuando sube el combustible, sube el transporte; cuando sube el transporte, suben los alimentos; y cuando suben los alimentos, la angustia se instala en la mesa.

En este contexto, el Gobierno tiene una prioridad ineludible: contener el impacto económico con medidas claras, oportunas y focalizadas. No se trata solo de administrar la coyuntura, sino de enviar señales de confianza a los mercados y, sobre todo, a los ciudadanos.

Pero la política no discurre en paralelo a la economía; se entrecruzan. El Gabinete de Denisse Miralles deberá presentarse ante el Congreso en un ambiente cargado de escepticismo y fragmentación. Sin consensos sólidos y con voces que ya anticipan una negativa, el voto de confianza no será un mero trámite protocolar, sino una prueba de supervivencia política.

En momentos como este, gobernar implica asumir costos, tender puentes y priorizar a los más vulnerables.