La tentación de tener un Estado omnipotente y omniabarcante en el Perú, es posible. Un Estado que tenga injerencia en todo, que planifique, administre y regule cada actividad humana, es la mayor tentación de los estatistas. En 1931, el sumo pontífice Pío XI, publicó la carta encíclica Non abbiamo bisogno (No tenemos necesidad), donde critica con sutileza intelectual y gran sabiduría política, al régimen fascista, detectando su principal vicio, su problema predominante: la “estatolatría”. Esta palabra, acuñada por el papa Pío XI para referirse a “la idolatría del Estado” y a los idólatras del aparato estatal, fue popularizada con posterioridad por el escritor liberal clásico Ludwig von Mises. Así como el sucesor de la cátedra de Pedro, Pío XI, pudo identificar la “estatolatría” como el principal vicio corruptor del fascismo, así también nosotros, en nuestro siglo, y más específicamente en el Perú, vemos que la corriente ideológica que ha penetrado en gran parte de las estructuras sociales y estatales, es la idolatría del Estado. Esta tendencia consiste en atribuir al Estado, atributos divinos como la omnipresencia y la omnipotencia y en creer ciegamente en el Estado, como la única organización autorizada para intervenir en todo, desplazando así a las instituciones intermedias que nacen de la sociedad civil, y desvirtuando “el principio de subsidiariedad del Estado”. ¿Cómo se sostiene este Estado en continua expansión y con un aparato burocrático cada vez más grande e ineficiente? Mediante leyes tributarias excesivas e impuestos elevados que afectan al sector empresarial. El estatismo es la ideología que más crece en el Perú, y se naturaliza de tal manera, que nadie se detiene a juzgarla.