Durante mucho tiempo nos enseñaron que las formas eran importantes: Saludar, escuchar, discrepar con respeto y debatir ideas sin descalificar a las personas no eran simples normas de etiqueta; eran la base de una convivencia civilizada. Hoy, sin embargo, pareciera que todo eso ha pasado de moda. Vivimos en una época en la que ser agresivo suele confundirse con ser frontal: el que más grita, el que más degrada, el que más insulta, el que atropella y no deja hablar al interlocutor, gana. El espectáculo parece haber reemplazado al diálogo. Y para muestra un botón: En la reciente entrevista televisiva que Beto Ortiz moderó entre los abogados Raúl Noblecilla y Humberto Abanto, un espacio que prometía ser un intercambio picante de ideas sobre la coyuntura política terminó, por momentos, convertido en un duelo de agravios y pullas personales y un discurso cargado de ideología y no necesariamente de realidad. Los argumentos fueron cediendo terreno al afán de descalificar y ganar pantalla con más agravios y atropellos verbales de uno de los participantes en particular. El contenido que pudo enriquecer al espectador perdió frente al espectáculo. La pregunta es ¿es ese el modelo de debate que queremos normalizar?
Las formas nunca fueron un adorno. Son el mecanismo que permite que personas con posiciones radicalmente distintas puedan seguir conversando, con respeto y civilidad. No eliminan el conflicto, pero lo hacen civilizado. Porque cuando el objetivo deja de ser “convencer” con argumentos y pasa a ser humillar con ataques virulentos, desaparece la posibilidad de construir un dialogo alturado.
Claro que la cortesía no convierte una mala idea en una buena, ni obliga a licuar la pasión con la que deba expresarse. Pero también es cierto que una buena idea pierde fuerza cuando se expresa desde el desprecio. La firmeza no exige grosería. La pasión no requiere insultos. Y la discrepancia no necesita intentar destruir la dignidad del otro.
Quizá el verdadero problema es que hemos confundido autenticidad con insolencia y liderazgo con capacidad de intimidar. Aplaudimos al que hace perder la paciencia al adversario, como si sacar lo peor del otro fuera una victoria intelectual. Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de discutir sin odiarse y líderes capaces de disentir sin degradar. Porque cuando las formas desaparecen, también comienza a crisparse el fondo. Las formas importan. Siempre importaron. No porque hagan más elegante una conversación, sino porque hacen posible que la conversación continúe. Y sin conversación y sin civilidad, no hay democracia que pueda soportar.




