Donald Trump no tiene límites. Su reciente orden ejecutiva intenta bloquear o impedir la regulación de la inteligencia artificial, es una decisión muy grave que lamentablemente ha pasado casi inadvertida en el debate público nacional e internacional, a pesar de que es una de las decisiones más peligrosas que se hayan tomado respecto de una tecnología que ya condiciona la economía, la política, la seguridad y la vida cotidiana de millones de personas en todo el planeta. Nadie ignora que la IA no es una herramienta neutra ni menor. Que clasifica personas, toma decisiones automatizadas, influye en procesos judiciales, laborales, financieros y políticos, y opera sobre volúmenes masivos de datos personales que todos entregamos sin resistencia. Renunciar a regularla es una decisión política que traslada el poder desde el Estado y la sociedad hacia las grandes corporaciones tecnológicas sin control democrático. Decir que la regulación frena la innovación, es falso y absurdo. Toda tecnología transformadora —desde la energía nuclear hasta la industria farmacéutica— requiere normas, supervisión y límites para evitar daños irreversibles. La IA es una de las más disruptivas y exige más control. Una IA sin regulación abre la puerta a la discriminación algorítmica, a la vigilancia masiva, a la manipulación informativa y a la pérdida progresiva de la autonomía humana. Se trata de proteger derechos individuales y de preservar la democracia y la capacidad de las sociedades para gobernarse a sí mismas. Mientras Europa avanza hacia marcos regulatorios basados en derechos humanos y responsabilidad, Trump va en sentido contrario. No regular la IA es abdicar del deber de proteger a los seres humanos. La IA sin regulación puede ser el nuevo rostro de la tiranía. Toca a los Estados y a las organizaciones supranacionales dar la respuesta que corresponde. No se puede dejar pasar.