En “La vegetariana” (Random House, 2024) de Han Kang, el esposo empieza el relato de la historia de la protagonista. Después está la versión del cuñado. Y termina con la mirada de su hermana. Ella, Yeonghye, no cuenta con voz propia. Es una ama de casa, casi un fantasma, que hace todo sin quejarse y tiene como pasatiempo la lectura y desvelarse con series de televisión. No usa sostén. Está en un matrimonio insulso. Más sirviente que mujer. Más herramienta que persona. Su infame normalidad se quiebra cuando el marido quiere tener hijos. Sueña con sangre, que come carne cruda, rojísima, que su rostro y sus manos se manchan. Bota toda la carne de su refrigerador. Los alimentos que impliquen muerte, y también vida. Por el momento, solo come verduras. No quiere acostarse con él, porque apesta a carne, y es agredida sexualmente. Está cada vez más delgada. Sueña que mata. Es obligada a tragar carne, se lastima con su propia mano. Vive en un estado inusual. Su hermana también es violentada por su pareja. Él se obsesiona con la mancha mongólica del trasero de su cuñada. Él ha sido testigo de esa condición vulnerable. La ha visto gritar como un animal desgarrado, sangrar hasta desfallecer. Es un padre ausente, mantenido, cuya única preocupación es su penosa exploración creativa. La manipula con la excusa del arte, con la promesa del final de sus pesadillas y una vida arbórea. Le pinta flores en el cuerpo desnudo. Comete el acto sexual. A ella la internan en un hospital psiquiátrico; a él, lo dejan libre y se esfuma, cobarde. La vegetariana es una mujer que cada vez se parece más a una planta, quieta bajo el sol, buscando el alimento en el entorno. No quiere ser salvada. Nunca lo quiso. Ya no come, ni siquiera lo vegetal. El organismo se engulle a sí mismo, como el Uróboro. El núcleo del trauma: la opresión del padre, luego la del esposo y la posibilidad de los hijos. Una rebelión personal y silenciosa contra la vida impuesta en la sociedad surcoreana. Mejor ser un árbol que se deteriora fuera de la rutina moderna. Para Yeonghye, el camino es dejarse morir como un vegetal que tener una vida gris, sin placer ni amor ni un propósito ni sueños. La ciencia la etiqueta en una enfermedad mental porque, como apuntó Mark Fisher, es más conveniente culpar al individuo que a las estructuras del sistema. No hay más palabras de la vegetariana. La hermana habla por ella, con la promesa de la irrealidad tras el sueño terrible, en una oración incompleta. Quedan el silencio y la ausencia de una respuesta que, todavía, nadie puede articular.