Como Mario meditando sobre las ruinas de Cartago los peruanos deberíamos reflexionar sobre lo que ha sucedido con la democracia de nuestro país. Los últimos años de enfrentamiento nacional han provocado la destrucción de las instituciones, la debacle del Estado de Derecho y la guerra civil partidista cuyo único fin ha sido el triunfo de una facción y la aniquilación de todos los que no piensan como ellos. La persecución ha fracturado al Perú, generando la entronización de una clase dirigente que no comprende que sin el mínimo de estabilidad es imposible garantizar el desarrollo.

Los países tardan años en destruirse. Pero los signos de la decadencia son evidentes para los que saben observar el latir de las sociedades. Incluso en medio de la grandeza más palpable las ruinas pueden predecirse, porque la podredumbre va por dentro. Razón tenían los que señalaban los males nacionales como propios de nuestro carácter vaticinando las consecuencias más funestas debido a nuestra patológica debilidad. La oposición, presa del ombliguismo más absurdo, envalentonada por un triunfo que puede convertirse en otro caballo de Troya, no atina a señalar un proyecto alternativo y viable. Y el gobierno recorre el sendero de una larga agonía. Incluso los cadáveres pueden subsistir cuando el país es incapaz de distinguir lo que nada de lo que flota.

Las ruinas ya están entre nosotros, aunque sean imperceptibles para muchos. La nueva política tendrá que refundar sectores completos, buscar nuevas soluciones e imponer un recambio generacional que regenere lo que sobreviva al radicalismo. Sin embargo, todo será cuesta arriba si no se inicia un proceso de introspección nacional. Temo que nuestra pasividad ante los problemas nos impida reaccionar.