Ningún candidato presidencial o congresal que proponga indultar a Pedro Castillo o al menos se atreva a reivindicar su mamarracho de gobierno marcado por la oscura presencia del prófugo Vladimor Cerrón que imponía ministros, la improvisación, la corrupción, las puertas abiertas a gente vinculada de una u otra manera a bandas terroristas y un intento fallido por darle una patada al orden constitucional y a la democracia, debería merecer el voto de los peruanos.Ese floro barato de que Castillo fue víctima de un golpe de Estado y que no lo dejaron gobernar porque es “provinciano, rondero, maestro rural y viene del pueblo”, debería causar indignación entre los peruanos que en su mayoría se dejaron embaucar por todas las variantes de la izquierda que hoy, con diferentes rostros, salen a pedir el voto de los ciudadanos, como si no fueran los grandes responsables del desmadre de este quinquenio que empezó con el triunfo del títere de Cerrón y Perú Libre.Ningún postulante que diga que busca lo mejor para el Perú y sus ciudadanos, puede reivindicar a un régimen que llevó como ministros a gente vinculada a grupos terroristas como Héctor Béjar e Iber Maraví, a un sujeto que estuvo preso por dos asesinatos, a un ministro de Interior que armó la jarana en pleno aislamiento por la pandemia, a la también golpista Betssy Chávez, a un titular de Salud que vendía “pócimas mágicas” y a varios ministros de Desarrollo Agrario que no lograron comprar fertilizantes, entre otros.Imposible pedir el voto de los ciudadanos para “acabar con la corrupción”, si quieren dejar libre no solo a un golpista, sino también a quien tenía un secretario que guardaba fajos de dólares en un baño de Palacio de Gobierno, a un expresidente acusado de cobrar coimas por colocar a impresentables en cargos estatales, a quien el Ministerio Público señala de recibir sobres de dinero a cambio de obras públicas, al que plagio una tesis de maestría en una de las universidades de su paisano y escudero César Acuña.El solo hecho que ser vinculado al régimen de Castillo debería ser una vergüenza, un motivo más bien para sentirse ofendido. El año y medio que el ahijado de Cerrón estuvo en el poder, debería ser visto como una etapa sombría para el país, que terminó con un intento de golpe de Estado que buscaba imponer una tiranía sin separación de poderes y la convocatoria a una asamblea constituyente como la que hoy varios desde la izquierda insisten en proponer.




