El escritor español Miguel de Unamuno tenía una regla de oro al momento de exponer sus tesis: “Expresaré mi sentir, no tratando de imponer nada, sino dejando que la verdad opere y obre por sí sola sobre la mente del prójimo”. Sintiendo íntimamente el consejo de Unamuno, pretendo sintetizar lo que el expresidente Martín Vizcarra (recientemente trasladado al sistema carcelario para cumplir una prisión preventiva por problemas judiciales de presuntos hechos de corrupción, ajenos a la política), realizó durante su mandato, y demostrar que la decadencia de nuestra política doméstica está inseparablemente unida a la figura de Vizcarra. Discursivamente Vizcarra empleó la estrategia de dividir el escenario político entre “el amigo y el enemigo”. En su lógica, el Congreso representaba la fuente de toda corrupción, el recinto donde habitaba la inmoralidad y el centro de operaciones donde se votaba en contra del interés popular. Mientras que él, representaba la encarnación de la pureza institucional, la decencia personal, el benefactor popular, el supremo representante del interés nacional, etc. En su obsesión por posicionarse en las encuestas como un gran presidente, llevó adelante la destrucción del prestigio del Congreso, atacándolo sistemáticamente y, en el momento de mayor conflictividad política entre el Ejecutivo y el Legislativo, decidió disolver ilegalmente el Congreso, mediante fórmulas constitucionales inexistentes. Vizcarra, y parte de su gabinete ministerial, decretaron el cierre inconstitucional del órgano democrático más importante. Como Ícaro, Vizcarra, se elevó a las alturas acercándose al sol. Ahora, vemos su lenta y trágica caída.