Hoy, parejas jóvenes y estables declaran: “No tendremos hijos”. Esta decisión, lejos de ser superficial, es un acto de responsabilidad radical frente al mundo que heredan.
Se enfrentan a una economía precaria donde dos sueldos a menudo apenas cubren la vida, haciendo de la crianza una ecuación aterradora. Internalizan la crisis climática y la escasez de recursos. Viven en un entorno de hipervigilancia, bajo el ojo permanente de la tecnología, lejos de la inocencia del pasado, y donde la autonomía individual es amenazada por un registro digital ineludible. En un mundo tan incierto y violento, traer un hijo puede sentirse como lanzarlo a un océano embravecido sin un bote sólido.
La pregunta crucial es “¿tenemos derecho a someter a un ser a las crisis que no podemos resolver?”. Este no es un acto derrotista, sino de inmenso coraje. Es un amor tan profundo que prefiere la ausencia a un sufrimiento potencial. Su elección es un síntoma, un termómetro de la fiebre de nuestro tiempo. Son el canario en la mina de carbón avisando que el aire es irrespirable. La solución no es presionarles, sino construir un mundo con políticas económicas justas, seguridad real y un compromiso genuino con el planeta que haga de la paternidad una promesa de futuro, y no un acto de fe temerario.
Para quienes sí deciden ser padres, la herencia más valiosa será la caja de herramientas, a prueba de incertidumbre: carácter, resiliencia, autoestima sólida y habilidades sociales. Esta es la verdadera educación de calidad a procurarles, que forma seres humanos íntegros capaces de navegar la vida con confianza.




