El libro de Robert Kagan escrito hace veinte años sobre las diferencias entre Estados Unidos y Europa es un referente válido para interpretar el sendero de nuestras elecciones presidenciales. Una campaña maniquea donde los que deben apoyarse terminan peleándose e insultándose, nos lleva a contemplar estas elecciones como una contienda más entre el poder y la debilidad. Por un lado, el poder discursivo del antifujimorismo, enraizado en varias regiones que desprecian a Lima y odian el centralismo. Por otro, la debilidad ideológica del odio a secas, de ese despecho político que genera victorias imposibles por envidia, piconería o hartazgo. Subestimar el odio es un error supino. Por odio llegó el sombrero y con odio gobernaron los caviares durante los años en los que el país retrocedió en seguridad, orden y libertad.

Existe, por supuesto, el peligro de una debilidad estratégica si no se convoca a los mejores y se prefiere a los financistas en vez de a los adecuados. Los financistas piensan en su peculio. Los adecuados en el bien común. Los mejores tal vez no son los deseados, pero son los indicados. El próximo gobierno partirá de una debilidad congénita, una debilidad ya casi histórica: nuestros presidentes llegan al poder con una espada de Damocles, con una especie de guillotina invisible sobre sus cabezas. Y solo logran conjurar este peligro cuando se rodean de gentes sobresalientes en diversas disciplinas, no en las artes oscuras del egoísmo particular.

El poder eficiente es consciente de sus límites. El poderoso que logra éxitos y alcanza objetivos se rodea de personas con autoridad en sus respectivas disciplinas, no de interesados que solo buscan su pitanza. El gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo nunca se ha fundado en el privilegio de unos cuantos. Los privilegios destruyen a los Presidentes, que terminan guillotinados en el mismo lugar que sus favoritos.