El adanismo político es el pensamiento subyacente a toda revolución. Los revolucionarios de ayer, hoy y siempre tienen como lema el “¡que se vayan todos!” porque en el fondo a lo que aspiran es a reemplazarlos ellos con sus propios cuadros. No se trata de una verdadera refundación nacional sino del reemplazo estratégico de los cuadros de una facción por los revolucionarios que buscan tomar el poder. De allí que cada vez que los revolucionarios no controlan el Estado lo que buscan es crear las condiciones necesarias para la revolución y eso implica fomentar el caos, el desorden, la anarquía y, tarde o temprano, el derramamiento de sangre. Optar por esta opción, apoyar esta opción es propio de los revolucionarios y de sus de tontos útiles, personajes ingenuos y peligrosos que ignoran que la Caja de Pandora, cuando se abre, es impredecible en sus tempestades y te puede destruir.
Nuestra obsesión con la destrucción es histórica. El Perú ha buscado suicidarse de manera continua, casi patológica. Por eso, por ese voluntarismo adolescente, por la pulsión romántica que se apodera de la política, hemos sucumbido varias veces a los cantos de sirena de los revolucionarios, siempre equivocados. No sabemos esperar, no sabemos invertir, desconocemos los principios mínimos de la estabilidad política. Por eso debemos oponernos al adanismo político en todas sus formas, incluso cuando se presenta bajo el estandarte de la libertad. Muchos crímenes se han cometido en nombre de la libertad. La gobernabilidad no es una exquisitez propia del mundo desarrollado, la gobernabilidad es imprescindible para el desarrollo. Sin estabilidad nada bueno es posible. Si queremos paz social, apostemos por la estabilidad y el respeto a la Constitución.