En medio de la niebla europea, me llega la triste noticia de que se nos ha ido Iván Rodríguez, histórico rector de la Universidad Ricardo Palma, maestro de generaciones, intelectual comprometido con la academia y defensor acérrimo de la autonomía universitaria. Tuve el privilegio de conversar con él varias veces y siempre me conmovió su diáfana defensa de una universidad abierta al mundo, capaz de competir a nivel internacional, campeona y constructora de la peruanidad. A los líderes como él no les asustaba ninguna competencia, al contrario, veían en la natural globalización de los claustros un acicate, una señal clara, un derrotero cierto que tarde o temprano todos los universitarios tenemos que recorrer. El liderazgo de Iván Rodríguez ha transformado a toda la universidad peruana. Su defensa de la autonomía fue esencial durante los años que padecimos una híperregulación facciosa. En efecto, el lugar natural de la libertad, la casa de las mujeres y hombres libres, el templo de la búsqueda independiente del conocimiento es la Universidad. E Iván Rodríguez, como alguna lo hizo Unamuno. Bien podría haber reclamado el justo título de Sumo Sacerdote. Pocos hicieron tanto como él por la autonomía universitaria, por la libertad de claustro y por ese plano inclinado que es la calidad en la educación superior peruana. Y lo hizo desde la cátedra del Rectorado, desde una posición realista y de gobierno, apelando al posibilismo y no a ese adanismo estéril que a veces caracteriza a los reformismos utópicos.Eugenio d’Ors decía: “Bienaventurado, no me cansaré de repetirlo, bienaventurado aquél que ha conocido a un maestro”. Con Iván Rodríguez se nos va un líder, un poeta y un amauta, de esos que tanta falta nos hacen. Descansa en paz. maestro. Vita mutatur, non tollitur.

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