Siempre es bueno retornar al pensamiento clásico, sobre todo cuando llega a tus manos una excelente edición del erudito Theodor Mommsen, uno de los más grandes romanistas europeos. Revisando sus escritos, encuentro esta semblanza de César: “por sabios que fueran sus planes, aunque hubiese previsto todas las eventualidades de una empresa, comprendía que el éxito de todas las cosas depende en gran manera del azar, y con frecuencia se le vio comprometerse en las más arriesgadas empresas, y exponer su propia persona a los peligros con la más temeraria indiferencia. Es, pues, muy cierto que los hombres de un entendimiento superior se entregan voluntariamente a los azares de la suerte, y no ha de maravillarnos, por lo tanto, que el racionalismo de César llegase a parar en un cierto misticismo”.

No sorprende que este mesianismo cuasi místico se transformara, más temprano que tarde, en un cesarismo desbocado, en un afán autocrático revestido de regeneracionismo que buscaba trastocar las costumbres de los mayores por un nuevo estilo más populista que popular. Tales hegemonías duran más o menos tiempo, dependiendo del talento del fundador. Augusto no tiene paragón con Tiberio. Sin embargo, siempre, ante el cesarismo, las repúblicas colapsan, eso sí, minadas anteriormente por la debacle moral y administrativa de sus propias elites.

Al leer a Mommsen, pienso en el gran y amado enfermo que es el Perú. Hundido en el peor de los cesarismos y amenazado por el misticismo de los que quieren refundarlo todo, presenciamos el colapso de la República. El último límite es el Derecho. Por eso, a la majestad de las leyes nos tenemos que aferrar.

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