Tras los terribles sucesos que han sacudido a Ecuador en los últimos días, las voces de preocupación se han multiplicado en el ámbito político peruano. El Gobierno, las bancadas congresales, partidos políticos y diversos líderes han expresado su condena ante lo que denominan “la ola de criminalidad que vive el hermano país”. Sin embargo, más allá de las condolencias, se hace imperativo reflexionar sobre la vulnerabilidad del Perú ante una situación similar.

La mayoría recalca la posibilidad de que este escenario funesto se replique en el territorio peruano si persiste la impunidad, la corrupción sistémica y la incapacidad de las autoridades para abordar este flagelo. Hay un inminente riesgo de que la violencia se apodere de nuestras calles, una realidad que podría materializarse más temprano que tarde.

Es hora de que el Perú deje de ser un espectador pasivo de la violencia que azota a otros países y asuma un compromiso serio con la seguridad de sus ciudadanos. No basta con cerrar la frontera con el Ecuador cuando hay mil 200 pases ilegales entre ambos países, por lo cual se necesitarían 20 mil policías para controlar los límites.

El Gobierno y el Congreso condenaron la violencia en Ecuador, pero por aquí, ¿cómo estamos? Afrontamos también una situación delicada ya que los que se lamentan por lo que pasa en otro país, no son capaces de luchar con eficacia contra la inseguridad ciudadana en el Perú.

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